Antes de pedir ayuda profesional, una persona con problemas de consumo suele mostrar un conjunto reconocible de señales: incapacidad para dejar de consumir, cambios de humor marcados, aislamiento progresivo, minimización de las consecuencias y abandono de aficiones o responsabilidades. Ninguna señal aislada confirma una adicción, pero cuantas más coincidan, mayor es la probabilidad de estar ante la enfermedad y antes conviene buscar apoyo especializado.
La adicción es una enfermedad crónica —no tiene cura— pero es perfectamente compatible con una vida plena y feliz en recuperación, igual que ocurre con otras enfermedades crónicas.
Estas son las señales que, en nuestra experiencia clínica, aparecen con más frecuencia antes de
que una persona pida ayuda:
El consumo suele empezar de forma social, como en cualquier persona. Pero en quienes desarrollan la enfermedad de la adicción encontramos, con frecuencia, un patrón de fondo: baja autoestima, sensación de no ser suficiente, un “fiscal interno” muy duro y autoexigente, y la tendencia a compararse con los demás saliendo siempre perdiendo. Esto genera un runrún mental constante que, al consumir, se detiene momentáneamente. La persona se agarra a esa sensación de alivio para afrontar, por ejemplo, la dificultad de relacionarse socialmente.
Con el tiempo se desarrolla tolerancia: el cerebro metaboliza mejor la sustancia, el efecto inicial desaparece y la persona necesita aumentar la dosis para recuperar esa sensación. Por eso el consumo es progresivo por naturaleza: sin ayuda profesional, siempre tiende a ir a más, y parar se vuelve cada vez más difícil.
Las personas con la enfermedad de la adicción tienen alterado el sistema de recompensa cerebral, responsable de liberar dopamina y generar placer ante determinadas conductas (una función que, en origen, favorece la supervivencia de la especie).
Se estima que el consumo libera entre dos y diez veces más dopamina que actividades cotidianas como quedar con amigos, ir al cine o pasear. Como resultado, esas actividades pierden atractivo frente al consumo, que pasa a ocupar el primer lugar.
Son lo que se conoce como síndrome de abstinencia indirecto. Durante mucho tiempo, la persona ha gestionado el aburrimiento, la tristeza o el cansancio consumiendo, en lugar de aprendiendo a transitar esas emociones. Por eso, sobre todo al principio de la recuperación, cuesta especialmente atravesar estos estados de ánimo sin recurrir al consumo.
La combinación de tolerancia desarrollada, las descargas de dopamina y la necesidad de huir del malestar que aparece al no consumir explican por qué, en esta fase, frenar el consumo por voluntad propia resulta extremadamente difícil.
Es habitual que la persona minimice el impacto de sus consumos o traslade la responsabilidad a terceros: “no es para tanto”, “todo el mundo lo hace”, “es por culpa de mi jefe”. Este autoengaño suele intensificarse cuando, en momentos de lucidez, toma conciencia de que —a pesar de sus intentos— es incapaz de parar.
Está muy relacionado con el punto anterior: en sus momentos de consciencia, la persona sabe que no puede cumplir su propia promesa de no volver a consumir, y eso genera frustración y sufrimiento. Al ser, con frecuencia, personas hipersensibles, tampoco les resulta fácil ver el daño que su consumo causa en quienes les rodean, lo que intensifica la reacción defensiva.
Cuando el cuerpo se ha habituado a una sustancia, su ausencia provoca el conocido síndrome de abstinencia o “mono”: un conjunto de síntomas físicos y/o psicológicos que aparecen al dejar de consumir.
La persona suele estar convencida de saber lo que los demás piensan de ella, y la creencia habitual es que la juzgan o la rechazan por su consumo. Esto le lleva a cambiar de círculo social hasta terminar aislándose y consumiendo en solitario. En realidad, es la propia persona quien se juzga con dureza, y proyecta ese juicio en los demás.
Es consecuencia directa de la alteración del sistema de recompensa: si el consumo libera de dos a diez veces más dopamina que otras actividades, estas pierden atractivo frente a él, aunque suponga entrar en comportamientos autodestructivos.
Ligado también a la distorsión de la realidad que produce la enfermedad: la persona deja de dar importancia a todo lo que no está relacionado con el consumo, lo que termina reflejándose en su desempeño académico o profesional.
La adicción es una enfermedad crónica, es decir, no se cura. Sin embargo, al igual que otras enfermedades crónicas, se puede vivir con ella en recuperación de forma plena y feliz, siempre que se cuente con el tratamiento y el acompañamiento adecuados.
No existe un número mágico, pero cuantas más señales coincidan —especialmente la incapacidad reiterada de frenar el consumo pese a las consecuencias negativas— mayor es la probabilidad de estar ante una adicción y más recomendable es solicitar una evaluación profesional.
Lo más recomendable es no esperar a que la situación empeore y buscar orientación profesional cuanto antes, ya que el consumo tiende a ser progresivo. Contar con una primera valoración especializada ayuda a entender la gravedad real de la situación y las opciones de tratamiento disponibles.
En GRAdicciones, en Madrid, llevamos más de 26 años ayudando a personas y familias a identificar estas señales a tiempo y a iniciar el proceso de recuperación adecuado.
Si reconoces varias de estas señales en ti mismo o en alguien cercano, ofrecemos una primera consulta gratuita y sin compromiso, en la que resolvemos cualquier duda que pueda surgir.